Dice una leyenda urbana que hace poco tiempo una publicación musical inglesa lo entrevistó en su hogar (pese a la oposición de su madre) y resultó que Syd decía no recordar al grupo Pink Floyd ni a sus antiguos amigos. Cambió, literalmente, a sus héroes por fantasmas. Aunque quién sabe. Tal vez en la mente de este personaje brillante de 60 años, que murió el 7 de Julio del año pasado por complicaciones con su diabetes, en realidad los espectros eran Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason, con quienes en 1965 integró la banda cuyo nombre se le ocurrió a él y derivaba del apelativo de dos músicos de blues: Pink Anderson y Floyd Council, que admiraba. Incluso es muy probable que hasta su amigo David Gilmour, quien lo sustituyó en la guitarra cuando Barrett ya estaba más pa’ allá que pa’ acá, se haya convertido, en su cabecita loca, en una sombra difusa que con el paso del tiempo se integró a su repertorio cerebral de visiones psicodélicas.
Pero para los demás, quienes aún podemos gozar medianamente de las virtudes de la memoria, Roger Keith Barrett representaba el inicio y el concepto del inigualable Pink Floyd, el rey de la escena underground del Londres de los ‘60s, tan lleno de ácidos, mariguana y demás “drogas recreativas”; el extravagante músico que, perdido entre la esquizofrenia y el autismo, protagonizó delirantes escenas en concierto, en programas de televisión.
Syd también es el músico poco fecundo pero sumamente intenso y dado a la experimentación que creó junto con Waters, The piper at the gates of dawn (1967), el primer álbum del grupo, en donde Barrett asombró al componer temas como Astronomy Domine, Interstellar Overdrive, The Gnome, Flaming, con los que creó historia. Su inestabilidad hizo que tan solo estuviera en la agrupación durante dos años. Después, paulatinamente dejó de asistir a los conciertos hasta que David lo sustituyó por completo. De 1968 a 1972, lejos de la esfera pública, Syd inició un desigual trabajo en solitario, grabando cuando el optimismo y la lucidez llegaban a él. De estas rachas surgieron tres álbumes: The Madcap Laughs, Opel y Barrett, David Gilmour y Waters colaboraron en él.
Después de eso, Houston, lo perdimos. Pero siguió viviendo a través de los discos de Pink Floyd: en 1975 grabaron el álbum Wish You Were Here, todo un homenaje del grupo a su fundador, alejado por completo de la prensa y la escena del rock, asumiendo sin querer su decisión de cambiar “el paraíso por el infierno, el cielo azul por el dolor”, como le susurraría la voz de Waters y le lloraría la guitarra de Gilmour en la canción homónima; encerrado en su propia realidad, la del Diamante Loco de Shine on, You crazy diamond. También en el famosísimo Dark Side Of The Moon (1973) podemos encontrarnos con la persona del chiflado den temas como Brain Damage.
Ahora, mientras escucho Us And Them, me imagino a Syd Barrett abandonando la jaula en donde sobrevivió por años, abordando un tren con destino indefinido, con un cigarro en la boca y con sus cejas repentinamente repobladas, sabiendo que he’s never gonna die.
Ya te veremos en el lado oscuro de la luna, entrañable lunático.